...Y danos hoy el amanecer nuestro de cada día

No es la primera vez que afirmo, ciertamente, que mi vida atraviesa en el momento presente una etapa de esas en las que, según parece, los sentimientos afloran del interior de la persona con una fuerza muy especial, muy intensa, como hasta ahora nunca antes lo había sentido.
Igualmente he descubierto y contado que, muy posiblemente por haber superado ya la barrera de los cuarenta y... tantos, he entrado en una fase en mi vivir en la que lo verdaderamente importante ya, más que lo que he hecho, son las muchas cosas que me quedan por hacer.
A pesar de lo dicho, para nada me considero viejo. Nada más irreal. Sé que soy, porque así yo me siento, un ya maduro jovenzuelo que, si se cumplen en mi persona la expectativas publicadas de esperanza de vida para el españolito medio, aún me quedan años, algunos cuantos, para poder enfrascarme en la tarea del buscar, del conocer, del saber. Cosas todas ellas que, al fin, y aunque sea en el interior, llevan al crecer. Y crecer significa vivir, que es de lo que se trata.
De esta manera, y por este afán, se ha ido desarrollando en mí la necesidad, cada vez mayor, de trabajar, de investigar, buscando ese algo, que hasta hace no mucho intuía y que ahora creo ya saber, que no es ni más ni menos que la Excelencia moral como persona en el conjunto total de mi vivir, con el fin sincero, no ya del destacar ni del sobresalir, que ya va importando menos, sino de lo más trascendental, esto es, dar una mayor plenitud a mi existir.
No piense el que lea estas líneas que, por lo dicho, y sin quitar un ápice de dificultad, al camino emprendido, mis pretensiones son de naturaleza harto elevada en cuanto a alta cumbre a la que llegar. En muchas ocasiones la simpleza de lo cotidiano, si se sabe apreciar, baste ya para llenar la vida de una persona. Todo está en el valor más o menos certero que sepamos, podamos o queramos dar a cada cosa, a cada tiempo y, sobre todo, a cada persona que comparte con nosotros los avatares del día a día. Así lo pretendido, la meta a alcanzar: manejar la excelencia entre la maravillosa simpleza del trasiego diario por la vida y, esto es, con la gente, entre la gente, para la gente.
El día a día nos trae montones de historias de las que nos afectan, de las que nos preocupan; historias para contar, para meditar, para hablar de tal manera que al hablar, el hablar se convierta en compartir y el compartir en aprender.
Y en estos menesteres me hallo por este mundo de Dios y así, casi sin querer, me encuentro, iniciando esta andadura por los rincones virtuales de la red como una parte más, muy posiblemente, de la labor que me he encomendado para conseguir tal fin.
Y así, por último desde aquí, mientras megas y gigas lo permitan, pido ayuda al que quiera dármela, para concluir la tarea propuesta. Y así, también, mientras megas y gigas lo permitan, ofrezco, de forma humilde pero sincera, mi pobre experiencia a todo a aquel que, por un medio o por otro, busque la misma meta; que al fin no es otra que la de terminar el día de hoy habiendo sido un poco mejor que en el día ayer.
Así pues, y finalizo ya por fin, si después de lo leído, os decidís a volver por estos parajes, siempre encontrareis el lugar abierto y dispuesto para convertir palabras escritas en diálogo sincero y respetuoso. Y si así lo consigo, una gran parte del camino se dará por bien realizado.
Yo mientras tanto, como os cuento, en estos menesteres me hallo por este mundo de Dios, y a Dios pido su colaboración en esta andadura, y entre oraciones le ruego: “y el amanecer nuestro de cada día, dánosle hoy”